miércoles, 21 de agosto de 2013

Las terrazas son para el verano

Ya me lo dijo mi madre hace muchos años, las terrazas son el lugar perfecto para encontrar el amor, si es en verano, mejor que mejor. El paseo que recorre cada una de las terrazas se convierte en un improvisado pase de modelos.

Es verano, cuando la piel se muestra, en mayor medida, por el intenso sol abrasador. Atrás quedaron los vetustos abrigos de invierno que, aparte de ser asexual, es una prenda muy incómoda de llevar. Son las siete de la tarde, me siento en una de las mesas más cercanas al paseo, corre una agradable brisa. Las mujeres van pasando por delante de mis ojos y yo, en mi silencio, no hago otra cosa que observar. Altas, bajas, anchas, estrechas, sonrientes o tristes, era un espectáculo digno de admirar por mis ojos avezados de género femenino.

De repente, ocurrió, era ella, ¿qué quién era?, ni idea, pero sin duda sus facciones de diosa de ébano y su sonrisa resplandeciente me encandilaron, casi más que el sol abrasador. Mis ojos se clavaron en sus ojos intentando que se fijara en mí, era mi última oportunidad, después de 2 horas en aquella terraza, estaba cansado. El sol había tostado mi sensible piel. Ya estaba harto de tener mis posaderas en una silla de dudosa procedencia.

Finalmente ocurrió, se paró, observó cada una de las mesas libres y se sentó en una situación estratégica, ni Napoleón Bonaparte, en sus años más gloriosos, hubiera seleccionado una ubicación tan perfecta, ideal para conquistar a un bastión masculino.

¿Qué hace?, no puede ser, no me mira, en una mesa adyacente a la mía se sentaba un mozo de buen ver y cuerpo hormonado. Estaba solo como ella, como yo, pero él no la mira, es mi oportunidad, finalmente desistió al comprobar que otro buen mozo saludó a aquel muchacho esbelto de forma muy efusiva, tanto fue que el beso en la mejilla retumbó en los cimientos haciendo mover las mesas como si de un terremoto se tratara.

Mis ojos seguían clavados en ella, en cada centímetro de su suave piel, al fin, en un infinitésimo instante de tiempo sus ojos se confundieron con los míos, había empezado el cortejo de seducción. Los instantes se fueron sucediendo uno tras otro, las miradas derivaron en pequeñas muestras de alegría. Dicen que cuando una mujer se ríe al mirar a un hombre es porque los estrógenos están haciendo mella en su cuerpo o sea que, en definitiva, le gustas.

Observo que la bebida del vaso que tenía sobre la mesa estaba a punto de perecer, es mi oportunidad, aprovecho que la camarera está merodeando por los alrededores para llamarla, -por favor, cuando pueda le sirve una copa a la chica de ahí enfrente, de mi parte-, desvío la mirada como quien no quiere la cosa.

La camarera se acerca rápidamente a la muchacha de sonrisa eterna y le ofrece una copa, ella parece negarse a tal ofrecimiento pero gira su mirada hacia mí, espera asentimiento por mi parte, le sonrío, ella sonríe, finalmente acepta la invitación. Me acerco a su mesa, -¿se puede?-, pregunto torpemente, -gracias por la invitación, por supuesto, faltaría más-, me responde con un ligero acento extranjero. -.¿Qué hace una mujer tan guapa en una tarde tan espléndida como ésta, sola?-, le pregunto, -poca cosa-, me replica, -acabo de salir del trabajo y necesitaba algo refrescante en mi cuerpo-. Era extranjera, llevaba unos 5 años en España pero hablaba perfecto el idioma castellano…