Son las tres de las madrugada. Es la hora de los instintos. El
alcohol ha hecho mella en nuestros débiles cuerpos. Es la selva humana
en su máximo esplendor. Ahí no existe ni arte, ni literatura, ni
cultura, solamente eso, instinto y alcohol. Y, de repente, me encuentro
allí, a la vera de una auténtica desconocida.
Comienza la danza
de seducción. Ella, contorneando su cuerpo, yo, acercándome cada vez
más desde la retaguardia. Las palabras sobraban en
ese
momento. Aunque creo que, con el tiempo, me he dado cuenta que sobraron
en muchos momentos. Ella me siente. El roce de mi cuerpo hace que sus
movimientos sean aún más exagerados.
Torpemente me puse a su lado, intentando emular su provocativo baile.
Nada más lejos de la realidad. Sentía que, si mantenía su ritmo, el
fémur iba a moverse de sitio y no era plan. Estuvimos un buen rato así,
peligrosamente juntos.
En un instante, mis brazos rodearon su
juvenil cintura. Sus movimientos se fueron ralentizando poco a poco. Los
hombres que, se acercaban sigilosamente, rodeando su esbelta figura,
comenzaron a desplazarse de lugar, cómo verdaderas aves migratorias. Más
que aves eran lobos de afiladas garras.
Se gira. Se coloca
frente a mí. Seguía rozando su cuerpo contra el mío pero ahora sentía
también el latido de su corazón. Sus ojos me miraban firmemente, sin
miedos, segura de sí misma, de su capacidad para atraer al sexo
contrario. Sin mediar palabra alguna, la beso. Los labios eran cálidos,
más que cálidos, complacientes, se entregaban a mi boca y mi lengua
sin rechistar. Sentí una especie de aguijón que se iba clavando en mi
corazón, suavemente.
Quizás fui débil pero necesitaba ese
instante como “agua de mayo”. La sensación de desear a alguien desde lo
más profundo de mi ser. Después de ese primer beso, se sucedieron, uno
tras otro, humedecidos ósculos de pasión desmedida. Ya no pintábamos
nada allí y salimos, abrazados, de aquel asentamiento de necesidades
humanas.