Tiempo espléndido. Día soleado. La playa, aparte de, para leer un buen libro, oír música o "estar a la bartola", es un lugar idóneo para estudiar el comportamiento humano. Quizás la desnudez del cuerpo provoca también la desnudez del espíritu.
Sin querer, mis ojos se ponen en una pareja que estaba frente a mí. Piel blanca, bien alimentados y facciones treinteañeras. Se ponen en pie, ella recogiendo las cosas de la arena mientras, él, lentamente, se va quitando la arena de su velludo cuerpo. Observo con estupor que el chico a la vez que se quita la arena, como quien no quiere la cosa, no deja mirar a su izquierda. Allí, sentada sobre la arena, hay una señora de mediana edad, rubia, "entrada en carnes". Físicamente se parecía mucho a la persona que tenía a su lado de pareja pero con 20 años más. ¿La única diferencia? Esta señora no tenía la parte de arriba del biquini, es decir, se le veía el torso o, mejor dicho, los pechos.
La imagen era curiosa, ella recogiendo las toallas, los bolsos y demás utensilios de la playa y él, por otro lado, mirando constantemente a la "chorba" de la 2° edad. Fue tanta la fijación del chico por esa mujer que su pareja le tuvo que recriminar. No sirvió para mucho. Seguía erre que erre empecinado en el cuerpo de aquella mujer.
La pregunta es, ¿qué diferencia había entre ambas mujeres? Una de 30 y pocos años, la otra llegando a los 60, una de piel blanca, la otra más bien morena. ¿La experiencia? Quizás sí pero, hombre, en la pareja la experiencia surge de la propia relación, mediante la pasión y la comunicación despertamos los más bajos instintos y creamos un mundo de erotismo personal.
Fue tal el desprecio de aquella persona con su pareja que hubo un momento que sentí el impulso de llamarle la atención pero preferí no entrometerme para no salir trasquilado.
Al rato identifico, saliendo del agua, una supuesta pareja. Lo de supuesta es porque cada uno iba por su lado. Ella, esbelta, cuerpo bien formado, de apariencia veinteañera, él, muy velludo, de barriga cervecera y, físicamente, poco atractivo. Ambos están colocados tras mi hamaca, ella mirando al mar y él mirando no se sabe ni a dónde, quizás a Cuenca.En un instante veo al "muchacho" mirando a una mujer, de no más de 20 años, con un cuerpo que su pareja no tenía nada que envidiar pero, con una diferencia, tenía 5 años menos.
Después de vivir estas 2 experiencias religiosas en un día extraordinario de playa tengo dudas sobre el famoso refrán: Ojos que no ven, corazón que no siente. Sería mejor decir: Ojos que te ven, corazón que siente.