Viernes noche. Noche de salidas. Frío y gélido otoño. Terraza de moda en la ciudad. Llego a solas conmigo mismo. Justo, frente a la puerta, me encuentro con mi amiga Rosa, acompañada de otra persona. Rosa era una mujer de formas redondeadas. Nos conocíamos de hace años, a través de un evento en el qué coincidimos. Su desconocida amiga tenía el pelo azabache y tez morena. Llevaba un traje ceñido a su esbelto y delgado cuerpo. Ojos negros de mirada intensa.
— Buenas noches, dice Rosa.
— Buenas noches Rosa, le replico.
— Te presento a Marlene, comenta Rosa.
— Encantado Marlene, mi nombre es Juan.
— Encantada Juan, me responde la misteriosa mujer de ojos penetrantes y acento extranjero.
La noche transcurrió entre sonrisas, miradas y bailes. Bailaba de forma
insinuante, provocativa y desprendida a la vez. Cada vez que ponía un
pie en la pista de baile los hombres se le acercaban como lobos
hambrientos. Tenía la capacidad de atraer al sexo contrario con sólo
mostrar sus habilidades corporales.
Esta situación se fue repitiendo semana tras semana. Siempre estaba allí, frente a la puerta, cómo si esperara a alguien, no sé si a un príncipe azul o a un alma caritativa que pudiera ayudarla a salir de aquella espiral de vicio y diversión constante.
Cada vez que me veía cambiaba las facciones de su cara. Una media sonrisa presagiaba que quería algo de mí. Al cabo del tiempo lo descubrí, cuando ya era demasiado tarde. Aquella noche iba a ser diferente. Nos habíamos quedado solos…
Esta situación se fue repitiendo semana tras semana. Siempre estaba allí, frente a la puerta, cómo si esperara a alguien, no sé si a un príncipe azul o a un alma caritativa que pudiera ayudarla a salir de aquella espiral de vicio y diversión constante.
Cada vez que me veía cambiaba las facciones de su cara. Una media sonrisa presagiaba que quería algo de mí. Al cabo del tiempo lo descubrí, cuando ya era demasiado tarde. Aquella noche iba a ser diferente. Nos habíamos quedado solos…
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