Comienza la danza de seducción. Ella, contorneando su cuerpo, yo, acercándome cada vez más desde la retaguardia. Las palabras sobraban en ese momento. Aunque creo que, con el tiempo, me he dado cuenta que sobraron en muchos momentos. Ella me siente. El roce de mi cuerpo hace que sus movimientos sean aún más exagerados.
Torpemente me puse a su lado, intentando emular su provocativo baile.
Nada más lejos de la realidad. Sentía que, si mantenía su ritmo, el
fémur iba a moverse de sitio y no era plan. Estuvimos un buen rato así,
peligrosamente juntos.
En un instante, mis brazos rodearon su juvenil cintura. Sus movimientos se fueron ralentizando poco a poco. Los hombres que, se acercaban sigilosamente, rodeando su esbelta figura, comenzaron a desplazarse de lugar, cómo verdaderas aves migratorias. Más que aves eran lobos de afiladas garras.
Se gira. Se coloca frente a mí. Seguía rozando su cuerpo contra el mío pero ahora sentía también el latido de su corazón. Sus ojos me miraban firmemente, sin miedos, segura de sí misma, de su capacidad para atraer al sexo contrario. Sin mediar palabra alguna, la beso. Los labios eran cálidos, más que cálidos, complacientes, se entregaban a mi boca y mi lengua sin rechistar. Sentí una especie de aguijón que se iba clavando en mi corazón, suavemente.
Quizás fui débil pero necesitaba ese instante como “agua de mayo”. La sensación de desear a alguien desde lo más profundo de mi ser. Después de ese primer beso, se sucedieron, uno tras otro, humedecidos ósculos de pasión desmedida. Ya no pintábamos nada allí y salimos, abrazados, de aquel asentamiento de necesidades humanas.
En un instante, mis brazos rodearon su juvenil cintura. Sus movimientos se fueron ralentizando poco a poco. Los hombres que, se acercaban sigilosamente, rodeando su esbelta figura, comenzaron a desplazarse de lugar, cómo verdaderas aves migratorias. Más que aves eran lobos de afiladas garras.
Se gira. Se coloca frente a mí. Seguía rozando su cuerpo contra el mío pero ahora sentía también el latido de su corazón. Sus ojos me miraban firmemente, sin miedos, segura de sí misma, de su capacidad para atraer al sexo contrario. Sin mediar palabra alguna, la beso. Los labios eran cálidos, más que cálidos, complacientes, se entregaban a mi boca y mi lengua sin rechistar. Sentí una especie de aguijón que se iba clavando en mi corazón, suavemente.
Quizás fui débil pero necesitaba ese instante como “agua de mayo”. La sensación de desear a alguien desde lo más profundo de mi ser. Después de ese primer beso, se sucedieron, uno tras otro, humedecidos ósculos de pasión desmedida. Ya no pintábamos nada allí y salimos, abrazados, de aquel asentamiento de necesidades humanas.
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